Mirada que enseña (relato galaico-lobezno)
Mateo Fontán Couto
En
los recodos más sombríos del bosque de Mourente, la niebla descendía como un
río lento y espeso, que cubría los helechos y las raíces retorcidas de los robles
centenarios. Cada tronco parecía murmurar el nombre de quienes se atrevían a
cruzar sus claros, y las zonas espesas olían a tierra húmeda de oscuridad,
conservando secretos de generaciones que ya nadie recordaba… acaso algún
anciano del pueblo, más nostálgico que realista en sus relatos.
Los
aldeanos hablaban de cosas que nadie se atrevía a negar: lobos que no eran
lobos, hombres que se volvían bestias y maldiciones que caían sobre los
séptimos hijos. Decían que no era lo mismo el lobishome que o lobo
da xente. El primero era un hombre marcado por el destino, condenado a
sufrir la transformación entera del cuerpo y del alma, presa de un hechizo que
lo devoraba desde dentro. El segundo, en cambio, conservaba su conciencia
humana: era un ser que poseía una piel de lobo, un pellejo mágico que podía
ceñirse para asumir la forma del animal y desprenderse de él para volver a ser
hombre o mujer. Muchas historias decían que, incluso transformados, los lobos
da xente mantenían el aspecto humano bajo la piel oscura y espesa del
lobo. Entre ambos existía una frontera difusa, tan tenue como la niebla que se enroscaba en los carballos: el lobishome padecía
su maldición, mientras que o lobo da xente dominaba su metamorfosis y
elegía cuándo cruzar los límites entre lo humano y lo salvaje.
En
aquellas tierras no faltaban recuerdos de la lucha contra los lobos reales.
Durante los inviernos más duros, los hombres del lugar organizaban batidas y
levantaban los antiguos foxos do lobo, trampas hondas cubiertas de
ramas donde caían las fieras atraídas por el hambre o mal guiadas por el hombre.
Cuando conseguían abatir alguna, la paseaban por las aldeas como trofeo y
advertencia. Las gentes salían a la puerta, ofrecían pan, vino o tocino en
agradecimiento a quienes habían eliminado la amenaza del ganado, y los niños
miraban el cuerpo del animal con una mezcla de miedo y respeto. Pero aun así,
decían que nunca se mataban todos, que siempre quedaba uno, el más astuto, el
que sabía esconderse entre la niebla y los mitos: o lobo da xente.
Antón,
de ojos claros y cuerpo enclenque, séptimo varón de la casa de Xestal, vivía
con un miedo que no se veía, pero se sentía en la tensión de sus hombros, en la
manera de girar la cabeza cada vez que un crujido rompía esa tranquilidad que
olía a pan en las casas de su aldea. Sus hermanos mayores lo miraban con
respeto y temor; los vecinos, con superstición silenciosa. Cada aullido lejano
del bosque le recordaba que la maldición acechaba, que la bruma podía ocultar
ojos capaces de paralizar con solo mirar y que la tierra misma estaba viva con
secretos que los hombres apenas recordaban.
Una
rojiza tarde de otoño, cuando lo denso cubría los tejados y los prados y la
aldea quedó suspendida en un silencio tenso, Antón decidió adentrarse en el
bosque, como impulsado por los latidos de su corazón excitado. Llevaba un farol
que temblaba en sus manos y un cuchillo heredado de su abuelo, un filo que
había conocido batallas con lobos y sombras. Cada paso hacía crujir ramas y
raíces; los helechos se inclinaban como para advertirle, y los troncos parecían
reconocerlo en un idioma secreto, que solo el bosque y sus seres conocían.
Entonces lo escuchó: un aullido que no era completamente animal ni
completamente humano, un sonido que recorría la carne y la memoria.
Antón
avanzó con cautela, cada vez más consciente de que algo vivo y consciente lo observaba
desde…, no sabía. Mezclado entre sombras apareció un lobo de pelaje negro como
azabache, ojos que ardían igual que brasas y un porte que mezclaba majestuosidad y
terror. Antón quiso huir, pero su cuerpo se negó: la mirada de la bestia lo
paralizó. Ya de niño escuchaba historias a los mayores que hablaban del poder
hipnótico de estos animales, de una fuerza atesorada en su mirada capaz de
dejar inmóvil al más audaz; su corazón
palpitaba con fuerza semejante al de un tambor en la noche. Cada fibra de su ser
comprendió que aquel encuentro no era fortuito; estaba en presencia de algo
antiguo, vivo desde tiempos en que el hombre y la bestia compartían códigos que
ahora parecían olvidados.
El
lobo avanzó lentamente, y aunque salvaje, en sus ojos brillaba una inteligencia
que helaba y fascinaba. Antón contempló entonces visiones: aldeas devoradas por
la noche, hombres que habían osado robar la piel de lobo y desaparecieron sin
dejar rastro, manadas de lobishomes
que recorrían los bosques guiando o castigando según las antiguas leyes que los
hombres habían olvidado. Comprendió que la criatura no venía a matarlo, sino a
enseñarle algo profundo incardinado en el respeto, la humildad y el conocimiento
de que la fuerza sin conciencia es ciega. Cada rama, cada sombra, cada sutil
neblina parecía susurrarle la lección de aquel bosque galaico, la tonalidad era
verde oscuro y plata.
Pasaron
horas que podrían haber sido segundos. La luna se asomó finalmente entre las
nubes, y Antón pudo moverse de nuevo. El lobo desapareció como humo, dejando
solo un perfume a petricor y un eco de aullidos que se mezclaba con los
susurros del bosque. Cuando regresó a la aldea, su corazón seguía temblando y
sus ojos buscaban cada sombra, cada movimiento entre las casas y los árboles.
Los
aldeanos continuaban contando historias, y cada generación añadía un detalle:
unos decían que el lobo podía aparecer como hombre, usando la piel robada de un
ser humano; otros que formaba manadas que vigilaban tesoros ocultos; algunos
aseguraban que castigaba la codicia y protegía a los inocentes. Una anciana le
contó a Antón que los lobos del bosque no eran simples animales: eran maestros
silenciosos, guardianes de secretos antiguos, capaces de guiar a los perdidos y
de cantar canciones olvidadas por los humanos, canciones que llevaban el eco de
los tiempos cuando el mundo aún era joven.
Con
los años, Antón creció con la memoria de aquel encuentro como sombra y farol en
la niebla. Nunca volvió al bosque sin necesidad, pero cada vez que sus ojos se
cruzaban con los de un lobo, sentía la lección viva: la fuerza sin respeto es
inútil, y algunas miradas guardan siglos de historias que los hombres no deben
profanar. Aprendió a caminar con cuidado, a escuchar el viento, a leer los
movimientos del viento brumoso, a reconocer los ojos que lo observaban desde
las sombras. Aprendió que el bosque no era un enemigo, ni tampoco un amigo,
sino un maestro implacable y silencioso, capaz de otorgar conocimiento y de
castigar la arrogancia.
Llegó
aquella noche de muchas estrellas, Antón siguió un sendero que nunca antes
había visto, cubierto de hojas doradas y plantas que se entrelazaban como
serpientes dormidas. Allí, una manada rodeaba a un hombre con piel de lobo, un lobo
da xente. No era una bestia común ni un hombre maldito sin remedio,
sino un ser antiguo y sabio: un humano que guardaba, como herencia o castigo,
una capa de lobo que podía ceñirse por voluntad propia. Al hacerlo, la carne
temblaba, los huesos cambiaban, y la criatura terrible emergía con la fuerza de
las montañas y el hambre de la noche.
Sin
embargo, en lo más hondo de su mirada ardía la razón: el lobo da xente
conservaba su entendimiento incluso en la forma salvaje, y podía, si lo
deseaba, desprenderse de aquella piel y volver a ser humano. Mas si alguien,
por destino o valentía, quemaba su pellejo, la fada o hechizo se rompía para siempre y el licántropo quedaba
libre, condenado o bendecido a vivir como un hombre común.
Aquel
hombre-lobo se acercó a Antón, que contuvo la respiración. No había amenaza en
su caminar, solo una intención silenciosa de enseñar. Antón sintió nuevamente
cómo la mirada lo detenía y, al mismo tiempo, le revelaba sin palabras la
historia de los lobishomes, la conexión de los humanos con el bosque, la
antigua alianza de fuerza y respeto, y los cantos que los lobos entonaban para
mantener vivo el equilibrio del mundo.
Durante
esa noche interminable aprendió más canciones de aquel bosque. La manera en que
los lobos contaban la historia de la vida y la muerte, de la codicia y la
humildad, y cómo cada criatura, humana o bestia, tenía su lugar en el tejido
invisible del mundo. El farol que llevaba tenía una luz amedrentada en su
interior, pero era cálida, como si la comprensión misma iluminara el sendero
que debía seguir.
Cuando
la luna se escondió tras nubes densas, el lobo da xente desapareció
entre la niebla, y los lobos volvieron a ser sombras entre los árboles. Antón regresó
a la aldea con la certeza de que ya no era un joven temeroso, sino un guardián
silencioso de historias y arcanos. Los aldeanos lo miraban diferente: un hombre
que había visto lo que pocos veían, que entendía la lección de aquel bosque de
Mourente y que podía caminar entre la niebla sin perderse ni ser destruido por
la fuerza de la mirada de los lobos.
Con
el tiempo, Antón se convirtió en narrador de historias que mezclaban la vida
cotidiana con lo mágico, enseñando a los aldeanos que lo humano y lo salvaje
estaban siempre entrelazados, que el lobo podía ser mortal, pero también
maestro, y que los secretos del bosque solo se revelaban a quienes sabían mirar
con humildad. Cada luna llena traía aullidos que recorrían los parajes sinuosos
y escarpados, y llegaban hasta los oídos
fascinados de las personas, recordándoles que la naturaleza tiene memoria y que
la historia de los lobishome y del lobo
da xente sigue viva, respirando en cada sombra, en cada raíz y en cada
encrucijada de Mourente.
Y
así, entre helechos, castaños, robles y abedules… entre la niebla y la luna, el
lobo sigue allí, un guardián silencioso que aúna lo humano y lo sobrenatural,
capaz de paralizar con la mirada, enseñar con el silencio, castigar con su
fuerza y proteger a quienes saben mirar con respeto. Cada aullido que llega a
la aldea recuerda que algunos secretos no se pueden robar, que la curiosidad
imprudente paga su precio, y que el bosque guarda historias que el hombre solo
puede escuchar si camina con un sincero temor reverente.



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